Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pero si ellos bailaban de alegría, no era nada comparada con la que me iba por dentro. Porque me sentía como si hubiese vuelto a nacer, tan grande fue mi alivio al saber quién era. Bueno, pues se me engancharon dos horas seguidas y, por último, cuando tenía tan cansada la mandíbula que apenas podía moverla ya, les había contado más cosas de mi familia —la de Sawyer, quiero decir— de las que habrían ocurrido jamás a seis familias Sawyer juntas.
Y les conté cómo se había reventado el cilindro en la desembocadura del río Blanco y que les llevó tres días el arreglarlo. Lo que estuvo bien y fue de primera, porque ellos no sabían si hacían falta o no tres días para hacerlo. Si les hubiese dicho que se trataba de la cabeza de un perno, habría dado el mismo resultado.
Ahora me sentía bastante cómodo por una parte y bastante incómodo por otra. Hacer de Tom Sawyer era algo cómodo y sencillo. Y siguió siendo cómodo y sencillo hasta que oí la máquina de un vapor que bajaba por el río. Entonces me dije: ¿y si viene Tom Sawyer en ese barco? ¿Y si se planta aquí, de un momento a otro, y me llama por mi nombre sin darme tiempo a hacerle una seña para que se calle?