Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn El juez dijo que de buena gana le daría un abrazo por esas palabras, y lloró él y su mujer volvió a llorar. Papá dijo que había sido un hombre incomprendido y el juez contestó que le creía. El viejo dijo que el que está caído lo que quiere es comprensión, y el juez le dio la razón, de modo que volvieron a llorar. Y cuando llegó la hora de irse a la cama, el viejo se levantó, extendió la mano y dijo:
—Mírenla, caballeros y señoras, cójanla, estréchenla. Ahí está la mano que era la mano de un cerdo; pero ya no lo es. Es la mano de un hombre que ha comenzado una nueva vida y que morirá antes que desdecirse. Fíjense bien en mis palabras. No olviden que las he dicho. Ahora es una mano limpia. Estréchenla; sin el menor reparo.
Y uno tras otro se la estrecharon todos y lloraron. La mujer del juez le besó. Luego el viejo firmó un papel en el que se comprometía a no probar más alcohol, mejor dicho, hizo su señal, porque no sabía firmar. El juez dijo que aquel era el momento más sagrado de la historia o algo parecido.