Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Eso exasperó al viejo de tal manera que no pudo ni descansar. Me dijo que había de pegarme hasta que quedase lleno de moraduras si no le conseguía dinero. Pedí prestados tres dólares al juez Thatcher y papá los tomó y se emborrachó y se puso a andar de ahí para allá, y a maldecir, y a gritar y a armar bronca; y hasta cerca de medianoche siguió así por toda la población con un cacharro de lata. Entonces le metieron en el calabozo y, al día siguiente, le hicieron comparecer ante el juez y volvieron a tenerle en chirona una semana. Pero él dijo que estaba contento. Dijo que era el amo de su hijo y que a él se las haría pasar negras.

Cuando salió, el juez nuevo dijo que haría un hombre de él. Se lo llevó a su casa y le vistió de pies a cabeza y le invitó a desayunar, a comer y a cenar con su familia y le trataron como si fuera el hijo pródigo, como quien dice.

Después de cenar, el juez le habló de la sobriedad y de esas cosas hasta que el viejo rompió a llorar y dijo que había sido un imbécil y un perdis toda su vida, pero que ahora se enmendaría y sería hombre de quien nadie pudiera avergonzarse, y confiaba que el juez le ayudaría y no le miraría con desprecio.


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