Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—¡Cuidado que tienes talento, Huck Finn! Se te ocurren los medios más infantiles de hacer las cosas. Pero ¿es que nunca has leído ningún libro?… ¿Ni el barón Trenck, ni Casanova, ni Benvenuto Cellini, ni Enrique IV, ni ninguno de esos héroes? ¿Cuándo se ha visto librar a un prisionero de una manera tan ingenua? No, los expertos en la materia sierran la pata de la cama, y la dejan así, y para que no se les descubra se tragan el serrín, y disimulan la parte serrada poniendo porquería y grasa para que el senescal de más penetrante mirada no vea señal de que ha sido serrada y crea que la pata está completamente entera. Después, la noche en que está uno preparado, le pega un puntapié a la pata y abajo va; quita la cadena, y ya está.

»No queda más que hacer que enganchar la escalera de cuerda a las almenas, bajar por ella, y en el foso romperse una pierna, porque, ¿sabes?, una escalera de cuerda es siempre diecinueve pies demasiado corta, y allí están los caballos de uno, y sus leales vasallos, y a uno le cogen, y le montan sobre la silla de un caballo y parten al galope hacia su amado Languedoc, o Navarra, o donde sea. Es magnífico, Huck. ¡Lástima que esa choza no tenga foso! Si tenemos tiempo la noche de la huida, cavaremos uno.

Yo dije:

—¿Para qué queremos un foso si vamos a sacarle por debajo de la choza?


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