Las aventuras de Huckleberry Finn

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Pero no me oyó. Se había olvidado de mí y se había olvidado de todo lo demás. Tenía la barbilla apoyada en la mano, pensando. Al poco rato exhaló un suspiro y meneó la cabeza. Después volvió a suspirar y dijo:

—No, no resultaría… No es tanta la necesidad como para eso.

—¿Para qué? —pregunté.

—Pues para serrarle la pierna a Jim.

—¡Santo Dios! ¡Si no hay necesidad en absoluto de eso! Y de todos modos, ¿para qué querías serrarle la pierna?

—Mira, algunas de las mejores autoridades en la materia lo han hecho. No podían quitarse la cadena, de modo que se cortaban la mano y la tiraban. Y una pierna sería aún más bonito. Pero tendremos que renunciar a eso. No es tanta la necesidad en este caso. Además, Jim es un negro, y no sabría hacerse cargo de que en Europa tengan tan raras costumbres. De modo que lo dejaremos. Pero hay una cosa… puede tener una escala de cuerda. Podemos rasgar nuestras sábanas y hacerle una escala estupendamente. Y se la podemos mandar dentro de un pastel. Así se hace casi siempre. Y he comido pasteles peores.

—¡Qué cosas dices, Tom Sawyer! A Jim no le sirve de nada una escala de cuerda.


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