Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Sà que le sirve. Qué cosas dices tú. Más te vale confesar que no sabes una palabra de eso. Tiene que tener una escalera de cuerda. Todos la tienen.
—¿Qué diablos puede hacer él con ella?
—¿Hacer? Puede escondérsela en la cama, ¿no? Eso es lo que hacen todos. Y también tiene que hacerlo él. Huck, tú siempre parece que no quieres hacer nada como procede. A cada momento quieres empezar algo nuevo. Supongamos que no hace nada con ella: ¿no queda ahÃ, en su cama, como indicio después de haberse ido él? ¿Y crees tú que no van a necesitar pistas? ¡Claro que sÃ! ¿Y tú no les dejarÃas ninguna? Eso sà que estarÃa bien, ¿no te parece? ¡En mi vida he oÃdo cosa igual!
—Bueno —dije—, si está en el reglamento, y ha de tenerla, conforme, que la tenga. Porque yo no quiero infringir ningún reglamento; pero hay una cosa, Tom Sawyer: si nos ponemos a rasgar las sábanas para hacerle a Jim una escala de cuerda, nos las tendremos que ver con tÃa Sally, como dos y dos son cuatro. Bueno, pues, a mi manera de ver, una escala de corteza de nogal no cuesta nada, y no estropea nada, y vale tanto para cargar un pastel y para esconderla en un jergón de paja como cualquier escalera de trapos que puedas hacer tú. Y en cuanto a Jim, él no ha tenido experiencia, de modo que le tendrá sin cuidado la clase de…