Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡Bah, Huck Finn! Si yo fuese tan ignorante como tú, me callarÃa, eso es lo que harÃa. ¿Cuándo se ha visto que un prisionero de Estado huya por una escala de nogal? ¡Es absurdo a más no poder!
—Bueno, está bien, Tom, hazlo como quieras; pero, si me has de hacer caso, me dejarás llevarme una sábana del tendedero.
Dijo que bueno. Y eso le dio otra idea y dijo:
—Coge prestada una camisa también.
—¿Para qué queremos una camisa, Tom?
—Para que Jim escriba su diario en ella.
—¡Qué diario ni qué niño muerto! Jim no sabe escribir.
—Bueno, ¿y qué importa que no sepa escribir? Puede hacer señales en la camisa, ¿no?, si le hacemos una pluma de una cuchilla de peltre o de un trozo de aro de hierro de barril.
—Pero ¡Tom! ¡Si podemos arrancarle una pluma a un ganso y hacerle una mejor y más aprisa por añadidura!