Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Verás… no podemos arriesgarnos a tardar tanto como debiéramos, porque a lo mejor tÃo Silas no tarda en recibir noticias de Nueva Orleans. Se enterará de que Jim no es de allÃ. Entonces, sin duda pondrá un anuncio o algo asÃ. Asà que no podemos correr el riesgo de cavar tanto tiempo como procederÃa. Si hiciéramos bien las cosas, deberÃamos tardar un par de años, creo yo; pero no podemos. Habiendo tanta inseguridad, yo recomiendo lo siguiente: que hagamos todo el agujero tan aprisa como podamos. Y, después, podemos fingir que hemos tardado treinta y siete años. Después, en cuanto haya alarma, podemos sacarle y alejarle a todo correr.
—Eso ya tiene un poco más de sentido común —dije—. El fingir no cuesta nada, fingir no es difÃcil, y, si es preciso, no me importa fingir que hemos estado trabajando ciento cincuenta años. No me costarÃa el menor esfuerzo en cuanto me hubiese acostumbrado. De modo que me largaré ahora mismo, a ver si puedo arramblar con un par de cuchillos grandes.
—Arrambla con tres —dijo—; necesitaremos uno para hacer una sierra.
—Tom, si no es una sugerencia antirreglamentaria e irreligiosa —dije—, hay una hoja de sierra, vieja y oxidada, allá, asomando por debajo de las tablas solapadas de la parte de detrás del ahumadero.
Puso cara de cansancio y de desánimo, y dijo: