Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡Largo de aquÃ, impertinente, o te doy con la cazuela!
Bueno, estaba que echaba chispas. Empecé a buscar la ocasión; decidà escapar con disimulo y refugiarme en el bosque hasta que se hubiera calmado el temporal. Siguió rabiando sin parar, creciéndose a sus propios desplantes, mientras los demás estábamos muy sumisos y callados como muertos. Y, por fin, tÃo Silas, poniendo cara de tonto, sacó la cuchara de su bolsillo. TÃa Sally se interrumpió, con la boca abierta y las manos en alto. En cuanto a mÃ, hubiera querido estar en Jerusalén o en cualquier otra parte. Pero no mucho rato, porque dijo:
—Me lo figuraba. Conque tú la tenÃas en el bolsillo. Y no me extrañarÃa que tuvieras las demás cosas ahà también. ¿Cómo ha ido a parar ahÃ?
—La verdad es que no lo sé, Sally —dijo él, como excusándose—; si no, ya sabes que te lo dirÃa. Estaba estudiando el asunto de mi sermón en Hechos de los Apóstoles, capÃtulo diecisiete, antes del desayuno, y supongo que me la guardarÃa sin darme cuenta, con la intención de guardarme la Biblia. Y sin duda es asÃ, porque en el bolsillo no tengo la Biblia; pero iré a ver, y si la Biblia está donde la tenÃa, sabré que no me la guardé y eso demostrará que dejé la Biblia y cogà la cuchara y…