Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡Por el amor de Dios, dejadme descansar por un momento! ¡Largaos todos de aquà y no volváis a acercaros a mà hasta que haya recobrado la tranquilidad!
Yo la hubiese oÃdo aun cuando lo dijera para su capote, cuanto más diciéndolo a grito pelado. Y me hubiese levantado y la hubiese obedecido, aunque hubiese estado muerto. Cuando cruzábamos la sala, el anciano recogió su sombrero y el abismal cayó al suelo, y él se limitó a cogerlo sin decir palabra y dejarlo sobre la repisa de la chimenea, y salió. Tom le vio hacerlo, y se acordó de la cuchara y dijo:
—Bueno, pues es inútil mandar más cosas por su mediación: no es de confianza.
—De todos modos, nos hizo un favor con lo de la cuchara, sin saberlo, de modo que iremos nosotros y le haremos otro sin que él lo sepa… Le taparemos los agujeros de las ratas.
En el sótano habÃa una enorme cantidad de ellos y nos costó una hora de trabajo, pero trabajamos bien y los dejamos bien taponados. De pronto, oÃmos pasos en la escalera, y apagamos la luz y nos escondimos. Y mira por dónde vemos aparecer a tÃo Silas, con una vela en una mano y un envoltorio en la otra y tan distraÃdo como podáis imaginaros.