Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Empezó a recorrer el sótano, muy abstraído, mirando un agujero tras otro hasta que los hubo visitado todos. Después quedó parado unos cinco minutos, arrancando gotas de sebo de la vela y pensando. Por último, se volvió lentamente y como en sueños hacia la escalera, diciendo:

—¡Caramba, caramba! No tengo ni la menor idea de cuándo lo he hecho. Podría demostrarle ahora que yo no tengo la culpa por lo de las ratas. Pero, es igual, dejémoslo. Me parece que no serviría de nada.

Y subió así la escalera, sin dejar de hablar. Nosotros le seguimos. Era un anciano más bueno que el pan. Y sigue siéndolo todavía.

Tom estaba muy preocupado por no saber qué hacer para conseguir una cuchara, pero dijo que era necesaria, de modo que se puso a pensar. Cuando encontró la solución, me explicó la manera de hacerlo. Después fuimos a esperar cerca del cesto de las cucharas hasta que vimos venir a tía Sally. Entonces Tom empezó a contar las cucharas y a ponerlas a un lado, y yo me escondí una en la manga y Tom dijo:

—Pero, tía Sally, ¡si aún no hay más que nueve cucharas!

—Idos a jugar —dijo tía Sally— y no me molestéis. Te equivocas, yo misma las conté.

Pareció impacientarse, pero, claro está, se acercó a contarlas; cualquiera hubiese hecho lo mismo.


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