Las aventuras de Huckleberry Finn

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Me asusté. Decidí buscar algún modo de escaparme. Muchas veces había intentado salir de la cabaña, pero nunca había encontrado por dónde hacerlo. Ninguna ventana era lo bastante grande para que ni un perro pudiera pasar por ella. No podía salir por la chimenea, porque era demasiado estrecha. La puerta era de tablas de roble macizo, muy gruesa. Papá tenía buen cuidado de no dejar ningún cuchillo ni nada en la cabaña cuando se marchaba.

Calculo yo que habría registrado la casa como un centenar de veces. Mataba la mayor parte del tiempo haciéndolo, porque era la única manera de hacer pasar las horas. Pero esta vez, por fin, encontré una sierra vieja, oxidada, sin mango. Estaba entre una viga y las tablas de chilla del tejado. La engrasé y me puse a trabajar.

En el fondo de la cabaña, detrás de la mesa, había una manta vieja de las que se ponen debajo de las sillas de los caballos, clavada en los rollizos, para que el viento que soplara por las rendijas no apagase la vela.





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