Las aventuras de Huckleberry Finn

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Resultaba perezoso y alegre estar tumbado cómodamente todo el día, fumando y pescando, sin libros y sin estudios. Pasaron dos meses o más y toda la ropa se convirtió en andrajos y porquería y empezó a parecerme extraño que me hubiese gustado tanto estar en casa de la viuda, donde uno tenía que levantarse, comerse su plato, acostarse y levantarse a horas fijas, y andar siempre fastidiado con algún libro y aguantar las continuas impertinencias de la señorita Watson.

No quería volver más. Había dejado de renegar porque a la viuda no le gustaba que lo hiciera; pero volví a hacerlo porque papá nada tenía que objetar a esa costumbre. Tomándolo todo en conjunto, allá en los bosques se pasaban ratos muy buenos.

Pero, con el tiempo, papá se volvió demasiado liberal con el garrote y yo no podía soportarlo. Estaba cubierto de cardenales. Y se acostumbró a marcharse con demasiada frecuencia, dejándome encerrado. Una vez que me encerró, estuvo fuera tres días. Me sentí la mar de solo. Pensé que se habría ahogado y que yo no volvería a salir más de allí.




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