Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Se puso a merodear demasiado ante la casa de la viuda, y así ella acabó por decirle que, como no dejara de rondar por allí, le daría un disgusto. ¡Se puso más furioso! Dijo que ya verían quién era el amo de Huck Finn. Entonces me estuvo acechando un día de primavera, me atrapó y me llevó río arriba unas tres millas en un esquife y cruzó a la orilla de Illinois, donde había bosques y no más casas que una cabaña vieja, de rollizos, en un sitio en que los árboles estaban tan espesos que nadie hubiera podido encontrarla si no hubiese sabido dónde estaba.
Siempre me tuvo a su lado y nunca se me presentó ocasión de huir. Vivíamos en la cabaña y cada vez cerraba la puerta por la noche y se metía la llave debajo de la cabeza. Tenía una escopeta que supongo habría robado. Pescábamos y cazábamos y de eso nos manteníamos.
Alguna vez me encerraba con llave y bajaba a la tienda, a tres millas del sitio donde se alquilaban embarcaciones para cruzar el río. Cambiaba el pescado y la caza por whisky, se lo traía a casa y se emborrachaba, lo pasaba bien y me zurraba.
Al cabo de algún tiempo la viuda averiguó dónde estaba, y mandó a un hombre para que intentara llevárseme; pero papá le encaró la escopeta y no tardé mucho tiempo en acostumbrarme a estar donde estaba y a encontrarlo agradable, todo menos las palizas.