Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —No sé, pero quizá sÃ, amo Tom. Esto está bastante oscuro, y no necesito una flor para nada, y me darÃa demasiado trabajo.
—Bueno, tú lo pruebas, de todas formas. Otros prisioneros lo han hecho.
—Una de esas candelarias que parecen espadañas crecerÃa aquÃ, amo Tom, creo yo; pero darÃa más trabajo que provecho.
—No lo creas. Te traeremos una pequeña y tú la plantas en el rincón, allÃ, y la cultivas. Y no la llames candelaria: llámala Pitchiola… Ese es su verdadero nombre… cuando está en una prisión. Y has de regarla con lágrimas.
—¡Pero si tengo agua de sobra, amo Tom!
—No es agua lo que le hace falta. Has de regarla con lágrimas. Siempre lo hacen asÃ.
—Amo Tom, apuesto a que yo puedo criar una de esas candelarias dos veces con agua mientras otro empieza a criar una con lágrimas.
—No es esa la cuestión. Tienes que hacerlo con lágrimas.
—Se me morirá en las manos, amo Tom, ya lo creo que sÃ. Porque yo apenas lloro nunca.