Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn De modo que Tom se quedó sin saber qué hacer. Pero reflexionó, y después dijo que Jim tendría que arreglárselas como pudiera con una cebolla. Prometió ir a escondidas a las chozas de los negros y echar una dentro de la cafetera de Jim, por la mañana.
Jim dijo que eso le gustaría tanto como que le pusieran tabaco en el café, y le sacó tantas faltas a eso, y al trabajo de cultivar la candelaria, y de tocarles el birimbao a las ratas, y de tener que mimar y adular a las serpientes, a las arañas y a todo eso, además del trabajo que tenía que hacer con plumas, inscripciones, diarios y cosas que hacían que ser prisionero fuese una molestia, una preocupación y una responsabilidad mucho mayores que ninguna otra cosa que hubiese emprendido en su vida que Tom por poco pierde la paciencia con él.
Dijo que en todo el mundo ningún otro prisionero había tenido nunca mejores oportunidades que él para hacerse famoso, y que, sin embargo, era lo bastante ignorante para no saber apreciarlas, por lo que resultaban desperdiciadas en él. De modo que Jim lo sintió, y dijo que no lo volvería a hacer más, y entonces Tom y yo nos fuimos a la cama.