Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn TOM ESCRIBE ANÓNIMOS
Por la mañana nos fuimos al pueblo y compramos una ratonera de alambre y la bajamos al sótano, y destapamos el mejor agujero y, en poco más de una hora, recogimos quince ratas estupendas. Después nos llevamos la ratonera para colocarla en lugar seguro, y la dejamos debajo de la cama de tía Sally.
Pero, cuando estábamos fuera buscando arañas, el pequeño Thomas Franklin Benjamin Jefferson Alexander Phelps la encontró y la abrió para ver si las ratas saldrían, y sí que salieron. Tía Sally entró y, cuando nosotros volvimos, nos la encontramos encima de la cama, armando la de San Quintín, mientras las ratas, que al parecer eran muy inteligentes, hacían todo lo posible para que no se aburriera.
De modo que nos cogió a los dos y nos sacudió el polvo con una vara de nogal y después hubimos de pasearnos un par de horas para atrapar a otras quince o dieciséis. ¡Maldito crío! Y no eran tan bonitas, por añadidura, porque las primeras eran la flor y nata de todas ellas. En mi vida he visto unas ratas tan hermosas como las de la primera redada.