Las aventuras de Huckleberry Finn

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Luego el viejo se puso a jurar, maldiciéndolo todo y a todo el mundo que pudo recordar, y luego volvió a maldecirnos a todos para asegurase de que no se había olvidado de ninguno. Después de eso, remató con una especie de maldición general, incluyendo a un montón de gente a la que ni siquiera conocía de nombre, y luego continuó con sus maldiciones.

Dijo que le gustaría ver a la viuda cómo se me llevaba. Dijo que ya vigilaría y que, si probaban algo así con él, sabía un sitio a seis o siete millas de allí en que esconderme donde ya podían buscarme hasta caerse de cansancio que no me encontrarían. Eso me inquietó bastante otra vez; pero solo duró un momento. Decidí no quedarme allí hasta que se le presentara la ocasión.

Me mandó a buscar las cosas que había traído en el esquife. Había un saco de cincuenta libras de harina de maíz, medio cerdo, municiones, una garrafa de whisky de cuatro galones y un libro viejo y dos periódicos para rellenos, además de algo de estopa. Llevé una carga y cuando volví me senté en la proa del esquife a descansar.




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