Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Lo pensé bien y decidí escaparme con la escopeta y unos sedales y esconderme en el bosque cuando me escapara. Pensé que no me quedaría en el sitio, sino que cruzaría el país a pie, de noche, y cazaría y pescaría para vivir, alejándome tanto que ni el viejo ni la viuda pudieran volver a encontrarme.
Decidí acabar de serrar el tronco y largarme aquella noche si papá empinaba suficientemente el codo, cosa que esperaba que hiciese. Me enfrasqué tanto en mis planes que no me di cuenta de que el tiempo pasaba hasta que el viejo dio una voz preguntándome si estaba dormido o me había ahogado.
Cargué con todas las cosas y las llevé a la cabaña, y cuando acabé casi era de noche. Mientras yo preparaba la cena, el viejo echó un trago o dos, se achispó y se puso a despotricar otra vez. Ya se había emborrachado en la población. Había pasado la noche en mitad del arroyo y estaba hecho una calamidad. Se le hubiera tomado por Adán, pues era todo de barro. Cuando empezaba a hacerle efecto el alcohol, casi siempre se las tomaba con el gobierno. Esta vez dijo: