Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Nos dijo muy bajo que esperaría a que los pasos se alejaran y que, cuando nos diera un codazo, Jim debía deslizarse fuera primero y el último él. De modo que aplicó el oído a la rendija y escuchó, y escuchó, y escuchó, y los pasos seguían arrastrándose por los alrededores.
Y, por último, nos dio un codazo, y salimos, y nos agachamos, conteniendo la respiración y sin hacer el menor ruido. Y nos dirigimos cautelosamente a la valla, en fila india, y llegamos a ella sin novedad, y Jim y yo la saltamos. Pero a Tom se le engancharon los pantalones en una astilla del barrote más alto y después oyó pasos que se acercaban, de modo que tuvo que dar un tirón para soltarse, lo que partió la astilla e hizo ruido. Y al aterrizar a nuestro lado, alguien gritó con voz fuerte:
—¿Quién va? ¡Contestad o disparo!
Pero no contestamos, levantamos los pies y salimos disparados. Entonces sonó una carrera y un ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, y las balas empezaron a silbar a nuestro alrededor.
Les oímos gritar:
—¡Ahí están! ¡Van hacia el río! ¡Tras ellos, muchachos! ¡Y soltad los perros!