Las aventuras de Huckleberry Finn

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Después remamos tranquilamente a la isla donde estaba la balsa. Y los oíamos aullar y gritarse unos a otros arriba y abajo de la ribera, hasta que estuvimos tan lejos que los sonidos se fueron apagando y dejaron de oírse por completo. Y cuando saltamos sobre la balsa, dije:

—Ahora, Jim, eres otra vez un hombre libre, y apuesto a que no volverás a ser esclavo.

—Y buena faenita ha sido, Huck. Se planeó maravillosamente y se hizo maravillosamente. Y no hay quien sea capaz de idear un plan más complicado y magnífico de lo que era ese.

Todos estábamos alegres a más no poder; pero Tom era el que estaba más contento de todos, porque llevaba una bala en la pantorrilla.

Cuando lo supimos, a Jim y a mí se nos pasó un poco la animación. La herida le estaba doliendo bastante y le sangraba. De modo que le acostamos en el cobertizo y rasgamos una de las camisas del duque para vendarle. Pero dijo:



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