Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Dadme los trapos, lo puedo hacer yo solo. No os paréis ahora. No perdáis el tiempo por aquà cuando la evasión ha salido tan espléndidamente. ¡A los remos y a navegar! Muchachos, lo hemos hecho estupendamente. ¡A ver, si no! ¡Lástima que no nos hubiésemos encargado nosotros de Luis XVI! No habrÃa «Hijo de San Luis, ¡asciende al cielo!» escrito en su biografÃa. No, señor; nos lo hubiéramos llevado al otro lado de la frontera… ¡Eso es lo que hubiésemos hecho con él!… Y con la misma habilidad que si no hubiera sido nada, por añadidura. ¡A los remos… a los remos!
Pero Jim y yo estábamos teniendo un conciliábulo y pensando. Y cuando hubimos reflexionado un minuto, yo dije:
—Dilo, Jim.
De modo que él dijo:
—Bueno, pues he aquà cómo veo yo las cosas, Huck. ¿Si hubiera sido él el que hubiese sido puesto en libertad y uno de los muchachos hubiera recibido un tiro, hubiese dicho: «Andad y salvadme y no os preocupéis de un médico para salvar a este»? ¿Es, amo Tom Sawyer, as� ¿Hubiera dicho eso? ¡Claro que no! Pues bueno, ¿lo va a decir Jim? ¡No, señor!… ¡Yo no me muevo de aquà sin un médico! ¡Asà tenga que estarme cuarenta años!