Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Dónde está Huck Finn, querrás decir. No he criado yo a un tunante como mi Tom todos estos años para no conocerle cuando le veo. No faltarÃa más que eso. Sal de debajo de esa cama, Huck Finn.
De modo que salÃ. Pero sin ninguna alegrÃa.
En mi vida he visto a persona alguna poner cara de no saber lo que se pesca como tÃa Sally, con una excepción: tÃo Silas cuando entró y se lo contaron. Le dejó borracho, como quien dice, y no se enteró de nada durante el resto del dÃa. Y aquella noche predicó un sermón que le dio un renombre asombroso, porque ni el hombre más viejo del mundo hubiera sido capaz de comprenderlo.
De modo que la tÃa Polly de Tom contó quién era yo y todo eso. Y yo tuve que decir que me encontré en un apuro mayúsculo cuando la señora Phelps me tomó por Tom Sawyer —me interrumpió ella y dijo: «¡Oh!, llámame tÃa Sally, estoy acostumbrada ya, ahora ya no hay necesidad de cambiarlo»—, que cuando tÃa Sally me tomó por Tom Sawyer tuvo que aguantarlo. No cabÃa otro recurso, y yo sabÃa que a él no le importarÃa, porque le entusiasmarÃa, por ser un misterio, y lo convertirÃa en una aventura y estarÃa completamente satisfecho. Y asà resultó, y él hizo creer que era Sid, y me arregló las cosas del mejor modo.