Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Después de cenar, cogió la garrafa y dijo que tenía whisky suficiente para dos borracheras y un delirium tremens. Siempre decía estas palabras. Calculé que al cabo de una hora estaría borracho perdido, y entonces yo podría robar la llave o acabar de serrar el tronco, una de las dos cosas. Bebió y bebió y al cabo de un rato se cayó encima de las mantas; pero no estuve de suerte.

No tuvo un sueño profundo. Estaba agitado. Gruñó y gimió y se movió de un sitio para otro durante mucho tiempo. Por fin me entró tanto sueño que no pude seguir con los ojos abiertos, que era lo único que quería hacer. Conque, antes de que me diera cuenta de lo que me estaba pasando, me quedé dormido como un tronco, con la vela encendida.

No sé cuánto tiempo estuve dormido; pero, de pronto, sonó un grito terrible y me levanté. Vi a papá, con la mirada extraviada, saltando de un sitio para otro y quejándose a voz en grito de las culebras. Decía que se le estaban subiendo por las piernas. Luego dio un salto, soltó un aullido y dijo que una de ellas le había mordido en la mejilla, pero yo no vi ninguna culebra.

Se puso a correr dando vueltas por la cabaña, gritando:

—¡Quitádmela! ¡Quitádmela! ¡Me está mordiendo en el cuello!


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