Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn En mi vida he visto a un hombre con una mirada tan feroz. No tardó en quedar agotado y caer al suelo, jadeando. Luego empezó a rodar muy aprisa, apartando las cosas a patadas y golpeando y asiendo el aire con las manos, y aullando, y diciendo que le estaban agarrando los demonios.
Al fin se agotó y se quedó quieto en el suelo, gimiendo. Después se quedó más quieto aún y no dijo ni pío. Yo oía a los búhos y a los lobos en el bosque. El silencio de la cabaña era terrible.
Papá estaba echado en un rincón. Al cabo de un rato se incorporó un poco, y escuchó con la cabeza ladeada. Dijo, en voz muy baja:
—Plon… plon… plon; son los muertos. Plon… plon… plon; vienen a buscarme. Pero no iré… ¡Oh! ¡Aquí están! ¡No me toquéis!… ¡No! ¡Quitadme las manos de encima! ¡Están frías! ¡Soltadme!… ¡Oh, dejad en paz a un pobre diablo!
Luego se puso a caminar a gatas, suplicándoles que le dejasen en paz, se lió la manta, y se metió debajo de la mesa de pino suplicando aún; y después se puso a llorar. Le oía a través de la manta.