Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Por fin, salió rodando de debajo de la mesa y se puso en pie de un salto, con la mirada extraviada. Me vio y arremetió contra mí. Me persiguió por la habitación navaja en mano, diciéndome que yo era el Ángel de la Muerte y jurando que me mataría y que así no me presentaría más a buscarle.
Empecé a rogar y le dije que solo era Huck; pero soltó una aguda carcajada, y rugió, y siguió corriendo tras de mí. Una vez, cuando di la vuelta e hice un regate, metiéndome por debajo de su brazo, alargó de pronto la mano y me cogió por la chaqueta, entre los hombros. Me vi completamente perdido; pero rápido como un relámpago me salí de la chaqueta y me salvé.
Después de un rato se cansó y se dejó caer con la espalda contra la puerta y dijo que descansaría un momento antes de matarme. Se metió el cuchillo debajo, y dijo que dormiría, y se pondría fuerte, y entonces vería quién era quién.
Enseguida se quedó dormido. Yo cogí la silla vieja y me subí a ella con todo el cuidado que pude para no hacer ruido y descolgué la escopeta. Metí la baqueta por el cañón para asegurarme de que estaba cargada y luego la puse encima del barril de nabos, apuntando hacia papá, y me senté detrás, esperando a que se moviera. ¡Y cuán despacio y silenciosamente transcurrió el tiempo!