Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Remonté la orilla con un ojo atento por si aparecía papá, vigilando a un tiempo lo que pudiera arrastrar la crecida. Bueno, pues de repente apareció una canoa, una hermosísima canoa, de unos trece o catorce pies de largo que flotaba alta, como un pato. Me tiré al río de cabeza como una rana, sin desnudarme, y nadé hacia la embarcación.
Esperaba encontrar a alguien tendido dentro, porque algunos hacen esa broma, para chasquear a la gente y, cuando uno casi ha sacado el esquife del agua, se levantan y se burlan de él. Pero esta vez no fue así. Era una canoa a la deriva y me metí dentro y remé hacia la orilla. Pensé: el viejo se alegrará cuando la vea; vale diez dólares.
Pero cuando llegué a tierra aún no se veía a papá y, al meterla en una caleta pequeña, que parecía una garganta tapada con enredaderas y sauces, cambié de idea. Decidí dejar la canoa bien escondida, y luego, en lugar de escaparme por el bosque, bajaría por el río unas cincuenta millas, acamparía definitivamente en un sitio y no me cansaría andando.
Estaba bastante cerca de la cabaña y me pareció oír al viejo que se acercaba; pero pude esconder la canoa. Luego salí y miré tras un macizo de sauces y vi al viejo en el camino, más abajo, apuntando a un pájaro con la escopeta. De modo que no había visto nada.