Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Cuando llegó junto a mí, me encontró recogiendo uno de los aparejos de pesca. Me chilló un poco por ser tan remolón, pero yo le dije que me había caído al río y por eso había tardado tanto. Comprendí que advertiría mi mojadura y empezaría a hacer preguntas. Recogimos cinco barbos y volvimos a la cabaña.
Mientras dormíamos después del desayuno, porque los dos estábamos rendidos, me puse a pensar que, si encontraba la manera de impedir que papá y la viuda intentaran seguirme, resultaría más seguro que fiarse de la suerte y alejarme lo bastante antes de que me echaran de menos, porque podían ocurrir la mar de cosas. Bueno, pues durante un rato no vi la manera, pero, al cabo de unos minutos, papá se alzó un instante para beberse otro barril de agua y dijo:
—Otra vez que venga un hombre a rondar por aquí, me despiertas, ¿has oído? Ese hombre no venía a hacer nada bueno por aquí. Le hubiese pegado un tiro. La próxima vez, me despiertas. ¿Lo oyes?
Luego se dejó caer y volvió a dormirse, pero sus palabras me dieron la idea que necesitaba. Me dije: «Puedo arreglar las cosas para que nadie piense en seguirme».