Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Alrededor de las doce salimos y caminamos ribera arriba. Por la corriente del río, cada vez más impetuosa, se deslizaban muchos maderos. De pronto vimos parte de una balsa de troncos, nueve rollizos trabados los unos a los otros. Salimos con el esquife y los remolcamos a tierra. Después comimos.
Cualquier otro que no fuese papá hubiese esperado y aprovechado el día recogiendo más madera; pero papá no era así. Nueve rollizos de golpe le bastaban. Después me encerró con llave, se llevó el esquife y a eso de las tres y media se puso a remolcar el trozo de balsa.
Pensé que no volvería aquella noche. Aguardé a que tuviera tiempo de alejarse y saqué la sierra y me puse a serrar el tronco otra vez. Antes de que hubiera llegado él al otro lado del río, salí por el agujero. Papá y la balsa parecían un punto negro en el agua, allá lejos.