Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Cogí el saco de harina de maíz y lo llevé a donde tenía escondida la canoa y aparté las enredaderas y las ramas para poderlo embarcar; luego hice lo mismo con el tocino; después, con la garrafa de whisky. Arramblé con todo el café y todo el azúcar; y las municiones también. Me llevé el relleno, el cubo y la calabaza vinatera, un cazo y una taza y la cafetera. Cogí los aparejos de pescar, las cerillas y otras cosas; todo lo que valía un centavo. Limpié la cabaña. Quería un hacha, pero no había ninguna; solo la que estaba encima de la pila de leña y yo ya sabía por qué tenía que dejarla. Saqué la escopeta y quedé listo.
Al arrastrarme por el agujero y sacar tantas cosas había desgastado el suelo bastante. De modo que arreglé todo eso lo mejor que pude desde fuera, poniendo tierra para tapar lo pisoteado y el serrín. Luego coloqué otra vez el pedazo de tronco en su sitio, y metí dos piedras debajo y una al lado para sujetarlo, porque debido a la curva que tenía no tocaba el suelo. Si uno miraba desde cuatro o cinco pies de distancia y no sabía que estaba serrado, no notaría nada. Además, estaba por la parte de detrás de la cabaña y no era fácil que anduviese nadie rondando por aquel lado.