Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Desde allí hasta donde estaba la canoa, todo era hierba, de manera que no dejé ninguna huella. Volví sobre mis pasos para asegurarme. Me detuve junto a la orilla para mirar el río. Sin novedad. Así pues, cogí la escopeta y me adentré en el bosque. Andaba buscando unos pájaros cuando vi un cerdo silvestre. Los cerdos pronto se hacían silvestres por allí después de haberse escapado de las casas de labranza de la pradera. Maté al cerdo y me lo llevé al campamento.

Tomé el hacha y derribé la puerta de la cabaña. Para ello hube de destrozarla bastante. Puse el cerdo bastante cerca de la mesa, le seccioné la garganta con el hacha y le dejé en tierra para que sangrara. Digo en tierra porque era tierra, bien apretada y sin tablas. Después cogí un saco viejo y metí dentro unas piedras grandes, todas las que pude arrastrar, y, empezando desde donde estaba el cerdo, lo arrastré hacia la puerta y por el bosque hasta el río y lo tiré al agua. Se hundió y desapareció de mi vista.

Se notaba que algo se había arrastrado por el suelo. Me hubiera gustado que Tom Sawyer hubiese estado allí. Sé que aquello le hubiera interesado y que hubiese añadido él unos toques finales. Nadie se sentía tan a sus anchas en una cosa así como Tom Sawyer.


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