Las aventuras de Huckleberry Finn

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Bueno, pues, para acabar, me arranqué unos pelos, ensangrenté el hacha, pegué los pelos en la parte de detrás y tiré el hacha a un rincón. Después cogí el cerdo y me lo apreté contra la chaqueta, para que no goteara, hasta encontrarme un trecho más abajo de la cabaña. Allí lo tiré al agua. Entonces se me ocurrió otra cosa.

Fui por el saco de harina y la sierra vieja a la canoa y lo llevé todo a la cabaña. Puse el saco donde había estado y en el fondo le hice un agujero con la sierra, porque no había cuchillos ni tenedores; papá lo hacía todo con su navaja para guisar. Luego me cargué el saco cruzando un buen trecho por la hierba y por entre los sauces al este de la casa hasta un lago poco profundo que tenía cinco millas de anchura y estaba lleno de juncos, y de patos también cuando era la temporada.

Por el otro extremo salía un cenagal o caleta que se extendía muchas millas, no sé hasta dónde, pero que no iba al río. La harina se corría por el agujero y dejaba un reguero hasta el lago. Dejé caer la piedra de afilar de papá allí también, para que pareciera que había caído accidentalmente. Luego até el agujero del saco con una cuerda para que no se escapara más harina y lo llevé otra vez a la canoa, así como la sierra.


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