Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Oscurecía ya; entonces saqué la canoa al río bajo unos sauces que crecían a la orilla y aguardé a que saliera la luna. Amarré la embarcación a un sauce; después comí un bocado y, al poco rato, me tumbé en la canoa a fumar una pipa y barruntar un plan.

Me dije que seguirían el rastro del saco de piedras hasta la ribera y luego dragarían el río para encontrar mi cadáver. Y seguirían el reguero de harina hasta el lago y bajarían por la caleta que de él sale para perseguir a los ladrones que me habían matado y se habían llevado las cosas. «En el río, no buscarán otra cosa que mi cadáver —me dije—. Pronto se cansarán de eso y no volverán a preocuparse de mí.

»Bueno, puedo pararme donde me dé la gana. Me conformo con la isla de Jackson. La conozco bastante bien y nadie va a ella. Y después, cuando sea de noche, puedo remar hasta la población y recoger las cosas que necesite. La isla de Jackson es el sitio que me conviene».

Estaba bastante cansado y, antes de darme cuenta, ya estaba dormido. Al principio, cuando me desperté, no sabía dónde estaba. Me incorporé y miré a mi alrededor, un poco asustado. Luego me acordé. El río parecía tener millas de anchura. La luna era tan brillante que hubiera podido contar los troncos a la deriva que flotaban, negros y quietos, a cien yardas de la orilla. Todo estaba callado y parecía tarde y olía tarde. Ya sabéis lo que quiero decir; no sé cómo expresarlo.


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