Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bostecé y me desperecé, y estaba a punto de desamarrar y largarme cuando oí un sonido en el río. Escuché. No tardé en reconocerlo. Era esa especie de sonido sordo y acompasado que hacen los remos al trabajar en las chumaceras cuando es una noche callada. Miré por entre las ramas de sauce y vi un esquife al otro lado del agua. No me era posible ver cuántos iban dentro.
Siguió avanzando y, cuando se encontraba a mi altura vi que solo llevaba un hombre. Pensé «Quizá es papá», aunque no lo esperaba. Se dejó llevar por la corriente hasta más abajo de donde yo me encontraba y, después, se fue acercando a la orilla por el agua mansa y pasó tan cerca de mí que hubiera podido alargar la escopeta y tocarle. Bueno, pues era papá después de todo, y por añadidura sereno, a juzgar por su manera de remar.
No perdí tiempo. Poco después me deslizaba río abajo sin hacer ruido, pero muy aprisa, acogiéndome a la sombra de la ribera. Recorrí dos millas y media y luego remé un cuarto de milla o más hacia el centro del río porque no tardaría en pasar el embarcadero y alguien podría verme y llamarme. Me metí entre los troncos flotantes, me eché en el fondo de la canoa y la dejé flotar a la deriva.