Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Allí echado, descansé y fumé una pipa mirando el cielo que no tenía ni una nube. El cielo parece muy profundo cuando se tumba uno boca arriba a la luz de la luna; nunca me había dado cuenta de eso antes. ¡Y qué lejos puede uno oír en el agua en esas noches! Oí hablar a gente en el embarcadero. Y oí lo que decían, hasta la última palabra.
Un hombre dijo que ya íbamos entrando en la época de los días largos y las noches cortas. El otro dijo que suponía que aquella no era una de las cortas, y entonces se echaron a reír y otra voz dijo lo mismo, y volvieron a reírse. Después despertaron a otro hombre y se lo dijeron y rieron; pero él no se rió. Dijo algo brusco y les pidió que le dejaran en paz. El primero dijo que se lo contaría a su mujer, a ella le parecería estupendo; pero aseguró que eso no era nada comparado con algunas de las cosas que había dicho en su momento.
Oí decir a un hombre que eran cerca de las tres y que esperaba que el día ya no tardaría más de una semana en llegar. Después no oí nada más.
Ya había pasado el embarcadero. Me levanté y vi la isla de Jackson, a unas dos millas y media agua abajo, cubierta de bosque en el centro del río, grande, oscura y sólida, como un vapor sin luces. No había señal de la barra; estaba debajo del agua ahora.