Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn No tardé mucho en llegar allí. Pasé la punta a una velocidad muy grande, tan fuerte era la corriente, y luego entré en agua mansa y desembarqué por el lado de la orilla de Illinois. Metí la canoa en una hendidura profunda de la ribera que yo conocía. Tuve que apartar las ramas de sauce para entrar. Y nadie hubiera podido ver la canoa desde fuera cuando la hube amarrado.
Fui a sentarme en un tronco al extremo de la isla y contemplé el gran río y la madera flotante, negra, y miré hacia la población, tres millas más allá, donde parpadeaban tres o cuatro luces. Cosa de una milla río arriba bajaba por este una gigantesca balsa de troncos con una linterna en el centro.
Vi cómo la arrastraba la corriente y, cuando estaba casi a la altura en que me encontraba yo, oí decir a un hombre:
—¡Remos de popa! ¡Virad la proa a estribor!
Lo oí tan claramente como si el hombre hubiese estado a mi lado.
El cielo empezaba a tener una tonalidad gris, de modo que me metí en el bosque y me tumbé para echar un sueño antes de desayunar.