Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bueno, pues el libro acaba así: Tom y yo encontramos el dinero que los ladrones habían escondido en la cueva, y fuimos ricos. A cada uno nos tocó seis mil dólares, todo en oro. Resultaba un gran montón de dinero. El juez Thatcher lo tomó y lo puso a interés, y nos produjo un dólar por barba cada día, todo el año —más de lo que uno sabía en qué gastarlo—. La viuda Douglas me adoptó, diciendo que me civilizaría; pero era duro vivir en casa todo el tiempo, teniendo en cuenta el orden y cuidado que la viuda ponía en todas sus cosas; de modo que, cuando no pude aguantar más, me largué. Endosé de nuevo mis pingajos y el viejo sombrero, y volví a sentirme libre y satisfecho. Pero Tom Sawyer me salió al paso para decirme que iba a crear una cuadrilla de bandoleros y que yo podría formar parte de ella si volvía al lado de la viuda y era decente. Conque volví.
La viuda lloró y me llamó una pobrecita oveja descarriada, y soltó una gran retahíla de palabras, pero no lo hizo con mala intención. Me puso la ropa nueva otra vez y ya no pude hacer nada más que sudar la gota gorda y sentirme apretado por todas partes.
