Las aventuras de Huckleberry Finn

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Bueno, pues entonces recomenzó todo lo de antes. La viuda tocaba una campanilla a la hora de cenar y había que acudir puntualmente. Cuando uno llegaba a la mesa, no podía ponerse a comer enseguida. Debía aguardar a que la viuda agachara la cabeza por encima del plato y se pusiera a gruñir un poco, aunque, en realidad, a la comida no le pasaba nada. Es decir, lo único que ocurría era que todas las cosas estaban guisadas aparte. Cuando se echan todas juntas en una caldera, es distinto. Entonces se mezclan, y el jugo de una se combina con el de otra y todo sabe mejor.

Después de cenar sacó un libro y me leyó lo de Moisés y los juncos y me entraron grandes ganas de saber cuanto podía saberse de él. Pero, luego, se le escapó que Moisés había muerto hacía tiempo; por eso ya no me interesó, porque los muertos me importan un comino.

Poco después quise fumar y le pedí a la viuda que me dejara. Pero ella no quiso. Dijo que era una costumbre ordinaria, y que no era limpia, y que debía intentar desacostumbrarme.




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