Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Hay gente así. Critican una cosa cuando no saben ni jota de la misma. Ahí estaba, preocupándose por Moisés, del que ni siquiera era pariente y que para nada había de aprovechar al prójimo puesto que estaba muerto, y, sin embargo, me sacaba los trapitos al sol por hacer una cosa que tenía algo de bueno. Además, ella tomaba rapé. Claro que eso estaba bien hecho, puesto que lo hacía ella.

Su hermana, la señorita Watson, una solterona con antiparras y delgada como un espárrago, que acababa de meterse a vivir en su casa, cargó a su vez contra mí con un catón. Me hizo sudar durante una hora y luego la viuda la obligó a aflojar. Yo no hubiera podido aguantarlo mucho más. Después vino una hora de mortal aburrimiento y me puse nervioso.

La señorita Watson decía: «No pongas los pies ahí arriba, Huckleberry» y «No te encojas así, Huckleberry: siéntate derecho». Y, al poco rato, decía: «No bosteces ni te despereces así, Huckleberry. ¿Por qué no procuras tener modales?».

Después me habló del infierno y yo le dije que ojalá me hallara en él. Entonces se puso furiosa, pero yo no lo había dicho con mala intención. Yo solo quería ir a alguna parte; lo único que ambicionaba era un cambio; lo demás me tenía sin cuidado.


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