Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Nos llevamos una linterna vieja de hojalata, y un cuchillo de carnicero sin mango, y un cuchillo Barlow, nuevo, flamante, que costaría en cualquier tienda veinticinco centavos, y una infinidad de velas de sebo, y una palmatoria de hojalata, y una calabaza para vino, y una taza de lata, y una colcha vieja y raída de la cama, y un bolso con aguas y alfileres, y cera, y botones e hilo, y toda esa clase de menudencias dentro. Y un hacha y unos clavos; y un sedal de pesca, tan gordo como mi dedo meñique, con unos anzuelos enormes; y un rollo de piel de ante; y un collar de cuero, de perro; y una herradura; y unos frascos de medicina que no tenían etiqueta; y, en el momento en que nos íbamos, yo me encontré una almohada en bastante buen estado y Jim se encontró un arco de violín, raído, y una pata de palo. Tenía rotas las correas, pero, fuera de eso, era una pata bastante buena, aunque para mí era demasiado larga y para Jim demasiado corta. No pudimos encontrar su pareja por más que buscamos por todas partes.
De modo que, en conjunto, hicimos una buena presa. Cuando estuvimos preparados para irnos, nos hallábamos a un cuarto de milla por debajo de la isla y estábamos en pleno día. Entonces hice que Jim se echara en el fondo de la embarcación y le tapé con la colcha, porque, si hubiese ido sentado, la gente habría comprendido desde lejos que era negro.