Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Es un muerto. Sà que lo es; y además está desnudo. Le han pegado un tiro en la espalda. Debe de hacer dos o tres dÃas que está muerto. Entra, Huck, pero no le mires a la cara… es demasiado horrible.
No le miré ni un poco. Jim le habÃa cubierto con unos trapos viejos; pero no tenÃa necesidad de haberlo hecho: yo, malditas las ganas que tenÃa de verle. HabÃa un montón de viejos y grasientos naipes esparcidos por el suelo, y botellas de whisky, y un par de antifaces hechos de trapo negro; y por todas las paredes se veÃan palabras y cuadros de lo más tonto dibujados con carbón.
Encontramos dos vestidos sucios, de indiana, un sombrero de mujer contra el sol, y colgadas de la pared unas prendas femeninas, y también ropa de hombre. Lo metimos todo en la canoa; tal vez nos hiciera falta. HabÃa un sombrero de paja, que debió de pertenecer a un niño, con lunares, en el suelo. También me lo llevé. Y vimos una botella donde habÃa habido leche; y tenÃa un tapón de trapo para que chupara un nene. Encontramos un arca vieja, desvencijada, y un baúl de pelo, con las bisagras rotas. Estaban abiertos, pero en ellos no quedaba nada que valiera la pena. Por la manera como estaban tiradas las cosas por alrededor, adivinamos que la gente se habÃa marchado aprisa y que no habÃa podido llevarse la mayor parte de lo que le pertenecÃa.