Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Una noche cogimos una pequeña porción de una balsa de maderas, unas planchas de pino muy hermosas. Tenía doce pies de anchura y unos quince o dieciséis de largo, y la parte de arriba salía del agua unas seis o siete pulgadas, un piso sólido y llano. A veces, durante el día, veíamos troncos de sierra, pero los dejábamos en paz. No nos asomábamos mientras era de día.

Otra noche, cuando estábamos en la parte de arriba de la isla, poco antes del amanecer, bajó una casa de madera por el lado oeste. Era de dos pisos y se inclinaba fuertemente. Nos dirigimos a ella remando y subimos entrando por una ventana del piso superior. Pero aún era demasiado oscuro para ver, de modo que amarramos la canoa y nos sentamos en ella esperando que amaneciese.

Empezó a clarear antes de que hubiéramos llegado al otro extremo de la isla. Entonces nos asomamos a la ventana. Pudimos ver una cama, una mesa, dos sillas viejas y un sinfín de cosas por el suelo. Y también había ropa colgada en la pared. Había algo tirado en tierra en un rincón, algo que parecía un hombre. De modo que Jim exclamó:

—¡Hola!

Pero no se movió. Entonces yo di un grito y luego dijo Jim:

—Ese hombre no está dormido: está muerto. Tú te quedas aquí; yo iré a ver.

Fue, se agachó y dijo:


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