Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn El río siguió creciendo y creciendo durante diez o doce días hasta que, por fin, acabó por desbordarse. El agua tenía tres o cuatro pies de profundidad en las partes bajas de la isla y en los bajos de Illinois. Por aquel lado tenía muchas millas de anchura; pero por el lado de Missouri tenía el mismo ancho de siempre, porque la ribera de Missouri estaba formada por altos cantiles.
Durante el día, recorrimos toda la isla en la canoa. En el centro del bosque hacía mucho fresco y buena sombra, aun cuando afuera hiciera un sol de fuego. Serpenteábamos por entre los árboles, y a veces las lianas colgaban tan espesas que nos obligaban a retroceder y buscar otro sitio por donde poder pasar. Bueno, pues, en todos los árboles caídos y viejos se veían conejos, culebras y cosas así.
Cuando la isla llevaba inundada un día o dos, el hambre hizo volver a los animales tan mansos que uno podía acercarse y ponerles la mano encima si quería; pero no encima de las culebras y de las tortugas: estas se tiraban al agua. La loma en que se encontraba nuestra gruta estaba llena de ellos. Habríamos podido tener una infinidad de animales domésticos si lo hubiésemos deseado.