Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Oscureció tanto que todo parecía azul, negro afuera, y encantador; y la lluvia caía tan espesa que los árboles que se encontraban a poca distancia tenían un aspecto borroso como de telarañas; y, de pronto, venía una racha de aire que doblaba los árboles y descubría la parte pálida de debajo de las hojas; y luego la seguía un verdadero mugido, y los árboles agitaban las ramas como si estuvieran furiosos; y a continuación, cuando más azul y más negro estaba todo, ¡chsss…!, se volvía claro como la gloria y, por un momento, se veían copas de árbol agitadas allá en lo que antes había alcanzado la mirada, y un segundo después se quedaba todo negro como el pecado y se oía de pronto al trueno soltar un terrible estampido y luego correr retumbando, gruñendo, rebotando, cielo abajo hacia la parte inferior del mundo, como si se hicieran rodar unos barriles vacíos escalera abajo, donde es larga y rebotan mucho.
—Jim, esto es bonito —dije—. No quisiera estar en otro sitio más que aquí. Dame otra tajada de pescado y pan caliente.
—Pues no estarías aquí si no hubiese sido por Jim, que estarías ahí abajo, en el bosque, sin comer, y medio ahogándote también… Vaya si hubieras estado, querido. Bien saben los pollos cuándo va a llover. Y también los pájaros, muchacho.