Las aventuras de Huckleberry Finn

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Volvimos, pues, a buscar la canoa y remamos hasta la altura de la caverna, a la que subimos todas las cosas. Luego buscamos un sitio cercano para esconder la canoa entre los sauces. En los aparejos encontramos unos pescados, volvimos a montarlos y nos preparamos para comer.

La entrada de la gruta era lo bastante grande para que por ella entrara un tonel tumbado y, a un lado, el suelo sobresalía un poco y estaba plano y resultaba un buen sitio para hacer fuego. De modo que lo hicimos allí y guisamos la comida.

Extendimos las mantas dentro como alfombras y comimos sobre ellas. Pusimos todas las demás cosas a mano en lo hondo de la caverna. Pronto se oscureció el cielo y empezó a tronar y relampaguear, de modo que los pajaritos no se habían equivocado. Enseguida empezó a llover —y llovió a chuzos— y nunca he visto soplar el viento como sopló entonces. Era una tormenta de estío.






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