Los diarios de Adan y Eva

Los diarios de Adan y Eva

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Me arrojé a las cataratas en un barril, lo cual no la satisfizo. Me arrojé en una cuba, tampoco la satisfizo. Atravesé nadando el remolino y los rápidos en un traje de hojas de higuera. Se estropeó por completo. Luego, tediosas quejas sobre mi extravagancia. Estoy demasiado limitado aquí. Necesito un cambio de ambiente.

Sábado

El martes último me escapé por la noche, y viajé durante dos días, y me construí otro refugio, en un lugar apartado, y borré mis huellas lo mejor que pude, pero ella me rastreó con la ayuda de una bestia a la que domesticó y a la que llama «lobo», y vino haciendo ese ruido lastimoso otra vez, y vertiendo agua por los agujeros con los que mira. Me vi obligado a volver con ella, pero emigraré otra vez, apenas tenga la ocasión.

Ella emprende muchas tareas tontas: entre otras, trata de descubrir por qué los animales llamados «leones» y «tigres» comen hierbas y flores, cuando, como ella dice, la clase de dientes que tienen indicaría que están hechos para comerse entre sí. Eso es tonto, porque hacerlo significaría matarse unos a otros, y eso introduciría lo que —tal como lo entiendo— se llama «muerte», y la muerte, según me dijeron, aún no ha entrado en el parque. Lo cual es una lástima, en cierto sentido.

Domingo

Sin novedad.


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