Los diarios de Adan y Eva

Los diarios de Adan y Eva

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No, él no se interesa por mi nombre. Traté de ocultarle mi decepción, pero supongo que no lo conseguí. Me alejé y me senté en el musgo, con los pies en el agua. Allí voy cuando tengo ansias de compañía, de alguien a quien mirar, de alguien con quien hablar. No es suficiente —ese encantador cuerpo blanco pintado en el estanque—, pero es algo, y es mejor que la cruda soledad. Habla cuando yo hablo, está triste cuando yo estoy triste; me reconforta con su simpatía; dice: «No te desalientes, pobre niña sin amigos; yo seré amiga tuya». Es una buena amiga para mí, mi única amiga; es mi hermana.

¡La primera vez que ella me abandonó! Ah, nunca lo olvidaré, nunca, nunca. ¡El corazón me pesaba en el cuerpo! Dije: «¡Ella era todo lo que yo tenía, y ahora se marchó!». En mi desesperación dije: «¡Rómpete, corazón mío; ya no puedo soportar esta vida!», y oculté mi cara entre las manos, y ya no hubo solaz para mí. Cuando las retiré, después de un momento, ella volvió a aparecer, blanca, radiante y bella, ¡y salté a sus brazos!





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