Los diarios de Adan y Eva
Los diarios de Adan y Eva Fue la perfecta felicidad; habĂa conocido la felicidad antes, pero no se parecĂa a este Ă©xtasis. Nunca volvĂ a dudar de ella. A veces, ella se alejaba —una hora, o incluso todo el dĂa—, pero la esperaba, sin tener dudas; pensaba: «Está ocupada, o se fue de viaje, pero volverá». Y asĂ era: ella siempre volvĂa. A la noche no venĂa si estaba oscuro, pues ella era una cosita tĂmida, pero si habĂa luna, venĂa. No le temo a la oscuridad, pero ella es más joven que yo; naciĂł despuĂ©s de mĂ. Le he hecho muchas, muchas visitas, ella es mi sosiego y mi refugio cuando la vida es difĂcil, es decir, la mayor parte del tiempo.
Martes
Toda la mañana estuve atareada mejorando el lugar; y adrede me mantuve lejos de él, con la esperanza de que se sintiera solo y volviera. Pero no lo hizo.
Al mediodĂa hice un alto y me tomĂ© un descanso, me paseĂ© junto a las abejas y las mariposas y me regocijĂ© entre las flores, esas bellas criaturas que captan del cielo la sonrisa de Dios y la reflejan. RecogĂ varias y con ellas hice coronas y guirnaldas y me adornĂ© con ellas mientras comĂa mi almuerzo —manzanas, por supuesto—; luego me sentĂ© a la sombra y esperĂ©. Pero Ă©l no volviĂł.