Los diarios de Adan y Eva

Los diarios de Adan y Eva

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Todos estos días he pasado tan buenos momentos que nunca me he sentido sola, nunca. ¡Sola! No, diría que no. ¿Por qué? Siempre hay un enjambre de ellos alrededor —a veces, de unos cuatro o cinco acres—, y no es posible contarlos; y cuando te quedas sobre una roca en el medio y miras sobre la extensión peluda, ésta es tan veteada y está tan salpicada y se ve alegre, con colores y brillos tan penetrantes y centelleos del sol, y tan rizada de rayas, que uno puede creerse en un lago, sólo que uno sabe que no es un lago, y hay tempestades de pájaros sociables, y huracanes de alas zumbantes; y cuando el sol incide en toda esa conmoción plumífera, tienes una llamarada de todos los colores que se puedan imaginar, al punto que tienes que apartar la mirada.

Hicimos largas excursiones, y vi buena parte del mundo, casi todo, pienso; así que soy la primera viajera, y la única. Cuando estamos en marcha, es una vista imponente: no hay nada así en ningún lugar. Para estar cómoda monto un tigre o un leopardo, porque son suaves y su lomo redondeado me conviene, y porque son animales tan bonitos; pero para las largas distancias o para ver el paisaje, monto un elefante. Él me iza con su trompa, pero puedo bajar por mí misma; cuando estoy lista para acampar, se sienta y me deslizo por su lomo hasta el suelo.


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