Narrativa breve

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Abriéndose paso a través de la nieve, John Gray se adentró en el prado, sin fijarse en la dirección que tomaba, ni importarle. Sólo deseaba espacio para dar rienda suelta a su mente. Éste fue poco más o menos el hilo de sus reflexiones: «¡Maldita sea mi suerte! Esto tenía que pasar precisamente en el momento más inoportuno, cómo no. Pero no es demasiado tarde, no es demasiado tarde, todavía no. Dave pronto sabrá que no hay ningún fundamento en las habladurías sobre el noviazgo de Mary y Gregory… si es que han llegado a sus oídos. Pero no, me consta que no, porque si se hubiera enterado, la habría desheredado en el acto. No, sabrá que nadie del clan de los Gregory puede atrapar a Mary…, ni echarle el ojo siquiera. Menos mal que ella nunca daría el sí a Hugh ni a ningún otro hombre sin mi consentimiento. Mandaré a paseo al señor Gregory en un santiamén. Y además haré correr la voz con la misma rapidez. ¡Qué es el dinero de Gregory comparado con el de Dave! Dave podría comprar veinte veces a todos los Gregory y aún le sobraría dinero. En cuanto se sepa por ahí que Mary heredará la fortuna de Dave, podrá elegir a su antojo en seis condados a la redonda. Pero ¿esto qué es?» Era un hombre. Un hombre joven, a juzgar por su aspecto, de menos de treinta años, vestido con una indumentaria de inusitado estilo y tendido en la nieve cuan largo era. Inmóvil estaba; era de suponer que inconsciente. Llevaba un traje de apariencia cara, así como diversas alhajas y adornos sobre su persona. Caídos junto a él, había un grueso abrigo de piel y un par de mantas, y a unos pasos una bolsa de mano. En torno a él, la nieve estaba un poco removida, pero más allá seguía intacta. John Gray echó una ojeada alrededor en busca del caballo o el vehículo que había transportado hasta allí al forastero, pero nada de esa índole había a la vista. Por otra parte, no se veían huellas de ruedas ni de caballo, ni de hombre alguno, salvo las pisadas que él mismo había dejado desde su casa. Era un auténtico enigma. ¿Cómo había llegado el forastero hasta aquel lugar, a más de un cuarto de milla del camino o la casa más cercanos, sin hollar la nieve ni dejar el menor rastro? ¿Acaso lo había arrastrado hasta allí el huracán?


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